En este post me gustaría hablarte de un asunto que nos afecta a todos, docentes y alumnos, pero del que se habla muy poco. Se trata de cómo aplicamos la inteligencia emocional en las aulas y fuera de ellas para conseguir formar personas y no simplemente transmitir conocimientos.

Durante mucho tiempo, el concepto de inteligencia estuvo vinculado exclusivamente a la inteligencia académica o cognitiva.

Para la ciencia de entonces, la memoria, la lógica o la capacidad para resolver problemas eran algunas de las habilidades principales, y el cociente intelectual, el mejor indicador para determinar quién era más o menos inteligente.

En la sociedad fue calando esta idea de que las personas inteligentes eran aquellas que destacaban por sus aptitudes intelectuales y académicas, y se solía oír muy a menudo en todas las casas el consejo de que “para ser alguien en la vida, tienes que ser buen estudiante”.

El niño más listo de la clase, el número uno de la promoción de su carrera o la persona que obtenía puntuaciones altas en los test de inteligencia, eran los hijos/as de los que estar orgullosos y de quienes esperar futuros prometedores.

Pero la visión de la inteligencia tradicional como sinónimo de éxito se fue desmontando poco a poco.

Muchos de aquellos estudiantes brillantes han fracasado después estrepitosamente en sus proyectos personales y profesionales. Y, en cambio, otras personas que bajo este prisma no eran especialmente inteligentes, han conseguido alcanzar las metas que se propusieron y llevar una vida mejor.

¿Qué es lo que hace, pues, que una persona tenga éxito en la vida?

La inteligencia emocional surgió, en parte, como respuesta a esta pregunta y demostró que ni el cociente intelectual ni los títulos universitarios ni los conocimientos académicos, son suficientes para garantizar una vida exitosa.

Que nos vaya bien o mal en las distintas áreas vitales depende de muchos factores y requiere también de otro tipo de habilidades.

A continuación hablaremos de algunas de esas habilidades y veremos la importancia que tiene la inteligencia emocional en las aulas, y fuera de ellas.

“Ni la titulación, ni el coeficiente intelectual son garantía de éxito profesional y personal. ¿Qué necesita entonces una persona para triunfar en la vida?”

¿Qué es la inteligencia emocional?

Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo” Aristóteles

Desde que Daniel Goleman publicó su libro “Inteligencia emocional” han surgido infinidad de páginas webs, artículos y cursos sobre este nuevo tipo de inteligencia.

Gracias a esta gran difusión, la inteligencia emocional es hoy en día uno de los términos psicológicos más conocidos por la gente de la calle pero, paradójicamente, también uno de los más desconocidos.

La razón es que hay mucha información sobre el tema pero, a la vez, mucha confusión.

No existe acuerdo en la definición ni en las habilidades que se incluyen dentro de ella ni en el enfoque que se le da. Se ha terminado convirtiendo en un cajón de sastre donde meter todas aquellas cualidades, características y habilidades deseables y positivas de una persona.

Entre tanto ruido, cuesta distinguir lo que está respaldado científicamente de lo que no.

Por eso, para arrojar un poco de claridad y buscar una manera fácil y sin enredos de explicarlo, podemos decir que la inteligencia emocional es la habilidad para percibir, asimilar, comprender y regular las propias emociones y la de los demás” (Mayer y Salovey)

O dicho en otras palabras, ser emocionalmente inteligente tiene mucho que ver con saber poner nombre a lo que sientes; reconocer una sonrisa falsa; empatizar con el amigo cuando te cuenta que ha roto su relación de pareja; aprender a gestionar la frustración y la impaciencia; saber calmar las aguas cuando hay tensión en el ambiente; decidir hacer algo aunque te dé miedo; o ser capaz de motivar a tus alumnos.

Qué es la inteligencia emocional en las aulas.

Inteligencia emocional en las aulas

Si hay un lugar donde la inteligencia emocional encuentra todo su sentido, es en el ámbito educativo.

A lo largo de nuestra vida, pasamos muchas horas (años) entre las cuatro paredes de un aula y es ahí donde se supone que nos preparan para la vida: para encontrar un buen trabajo en el futuro y para aprender a manejarnos por el mundo y ser medianamente felices.

La escuela tradicional se ha centrado siempre en lo primero y olvidado lo segundo.

Aprendemos a hacer raíces cuadradas, memorizamos los nombres de las capitales del mundo y llenamos la cabeza de información pero nadie nos enseña qué son las emociones, cómo funcionan ni cómo influyen en nosotros y en nuestras relaciones con los demás.

La triste realidad es que la gran mayoría de nosotros nunca ha recibido educación sobre inteligencia emocional en las aulas.

Aunque, afortunadamente, las cosas están cambiando.

En Estados Unidos el aprendizaje de las habilidades emocionales es un objetivo educativo prioritario y aquí, en España, cada vez hay más centros educativos en los que se desarrollan programas específicos de alfabetización emocional. El Gobierno de Canarias fue uno de los pioneros en implantar la asignatura de educación emocional en las aulas.

La inteligencia emocional en el alumnado

La empatía, el autocontrol, la motivación y muchas otras de las habilidades que se incluyen dentro del concepto de inteligencia emocional, son elementos clave para el desempeño y el papel de los estudiantes en las aulas.

Según los resultados de la literatura científica, los alumnos que no desarrollan estas habilidades y que tienen baja inteligencia emocional presentan:

  • Peor rendimiento académico
  • Mayor abandono de estudios
  • Más comportamientos desadaptativos en el aula
  • Problemas de estrés y dificultades emocionales durante sus estudios
  • Menor capacidad de aprendizaje

¿Qué es el coaching educativo?

Consulta la guía de coaching para profesores y estudiantes.

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La inteligencia emocional en los docentes

Cuando hablamos de inteligencia emocional en las aulas casi siempre ponemos el foco de atención sobre los estudiantes pero es igual –o más- importante volver la mirada hacia los profesores.

Lo es por varias razones.

Por un lado, porque la profesión de docente es una de las que más sufre el llamado estrés laboral (o burn out), y mejorar sus habilidades emocionales es una de las mejores herramientas para combatirlo. Les ayuda a manejar las exigencias del día a día y son, de alguna manera, su seguro de salud.

Por otro lado, es importante contar con profesores con una alta inteligencia emocional porque beneficia indirectamente a los alumnos al crear un clima dentro del aula que facilita el aprendizaje.

Además, como se suele decir: uno no puede enseñar lo que no sabe.

Para poder trabajar las competencias emocionales con los alumnos, es necesario que el educador también cuente con ellas. Y ya existen programas de aprendizaje socio-emocional para conseguirlo.

Inteligencia emocional fuera de las aulas

Hablar de inteligencia emocional es hablar de trabajo, de salud, de relaciones sociales y de casi cualquier área de la vida.

En el trabajo: nos ayuda a ser mejores profesionales.

En la salud: es un predictor de bienestar físico y psicológico.

En las relaciones sociales: somos capaces de establecer y mantener relaciones más cercanas.

Y, en general, tener una alta inteligencia emocional nos permite adaptarnos mejor a las situaciones.

Quizá por eso la asocian al éxito.

Inteligencia emocional en las aulas y fuera de ellas: conclusiones

En estos tiempos de cambio, el reto de la educación está en atreverse a dejar atrás viejas maneras de enseñanza y apostar por una educación integral que prepare a niños, jóvenes y adultos a enfrentarse a sus propios retos. Los principios del coaching aplicado a la educación son perfectamente aplicables cuando se trata de inteligencia emocional.

Es importante que los docentes adquieran los conocimientos y habilidades necesarias para poder formar a las personas, no solamente instruirlas.

La experiencia nos demuestra que de poco sirve saber hablar latín o resolver ecuaciones si no somos capaces de identificar, comprender y manejar nuestro mundo emocional.

¿Estás enseñando inteligencia emocional en las aulas, ya sea directamente, o en la forma que das la clase? ¿Crees que hay una buena comunicación emocional con tus alumnos? Te invito a que lo hables conmigo en los comentarios.

Kenia Montes es maestra y psicopedagoga. Apuesta por la formación de calidad, la inclusión educativa y la integración de la tecnología en las aulas. Diseña formación y asesora a instituciones y empresas.

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