¿Quién ha sido para ti tu mejor profesor? Aunque no lo sepas, ha utilizado el efecto Pigmalión para que hoy le recuerdes de esa forma tan entrañable.

A lo largo de tu vida de estudiante, habrás tenido muchos y muy buenos profesores. Pero si tuviste la suerte de cruzarte en algún momento con uno de los realmente buenos, seguro que su nombre te ha venido a la cabeza.

Nunca se olvida a un gran maestro. Y el profesor que, -además de transmitir los conocimientos académicos-, cree en sus alumnos, confía en sus capacidades y sabe sacar lo mejor de cada uno… lo es.

“Un buen maestro que confía en las capacidades de sus alumnos además de transmitirles conocimientos, nunca se olvida”

El poder de las expectativas y el efecto Pigmalión

En la literatura psicológica, a la influencia que tienen las expectativas de una persona sobre los demás se le conoce como “efecto Pigmalión”, y es uno de los fenómenos más estudiados y respaldados científicamente.

El psicólogo Robert Rosenthal fue el primero en darse cuenta de su importancia.

Durante su tesis doctoral, empezó a cuestionarse la influencia que tenían las expectativas de los investigadores en los resultados de sus estudios y, tras realizar varios experimentos que confirmaron esta hipótesis, se planteó:

Si las ratas son capaces de mejorar su rendimiento en pruebas de laberinto por el simple hecho de que los investigadores esperan eso de ellas… ¿Podría suceder lo mismo con niños y profesores?

La respuesta la encontró en el conocido estudio que llevó a cabo, junto a Jacobson, en una escuela pública de San Francisco y que pone en evidencia el poder del efecto Pigmalión.

Aplicaron un test inicial a todos los alumnos e hicieron creer a los profesores que, según el resultado de la prueba, algunos de esos niños y niñas iban a tener un gran desarrollo académico a lo largo del curso. En realidad, los nombres dados fueron escogidos por puro azar. Pero al evaluar meses después a los alumnos, encontraron que eran -precisamente los estudiantes nombrados- los que más habían mejorado.

Las expectativas que tenían los profesores y la manera en que, sin darse cuenta, actuaron con ellos, influyeron en su aprendizaje y en sus resultados.

Lo que ahora se sabe -después de muchos otros estudios e investigaciones sobre el poder de las expectativas-, es que esto no es algo que sólo suceda a los profesores en las escuelas o a los investigadores con sus ratas.

En cualquier interacción social, lo que una persona piensa de la otra se refleja en la actitud y en la forma en la que actúa ante ella y ésta (que percibe los mensajes verbales y no verbales que le manda) responde –muchas veces- confirmando las expectativas y dando lugar a lo que se conoce como “profecías autocumplidas”.

Lo vemos diariamente. El niño al que toda la familia considera travieso, hace travesuras. La empleada a la que se le reconoce su trabajo, aumenta su productividad. El joven al que se le etiqueta de mal estudiante, deja de esforzarse.

O volviendo al estudio del libro Pigmalión en clase: a quienes creyeron los profesores que eran alumnos brillantes, los trataron como tal, éstos respondieron como si lo fueran, y terminaron brillando.

Se puede decir que todos somos, en parte, lo que se espera de nosotros. Y lo peligroso es que esto se cumple para bien y para mal.

¿Cómo ayuda el coaching educativo a los profesores?

Consulta la guía de coaching para profesores y estudiantes.

GUÍA GRATUITA

Cuando los estereotipos entran en juego en el efecto Pigmalión

¿Qué hace que esperemos más o menos de una persona?, ¿por qué tenemos altas o bajas expectativas sobre alguien?

Nos gusta creer que interpretamos el mundo objetivamente y no de una manera caprichosa ni irracional. Al fin y al cabo, si un profesor tiene bajas expectativas sobre un alumno, ¿no será porque hay algo en su personalidad o en su conducta que da pie a tener esa actitud con él?

No siempre.

Las expectativas sociales que generalmente se tienen sobre el rendimiento de determinados grupos (como los inmigrantes o los alumnos con necesidades educativas especiales) hacen que, en algunos contextos educativos, se espere poco de ellos.

Son víctimas injustas de los estereotipos.

Y aunque estereotipar no es más que un atajo mental que nos ayuda a simplificar nuestra visión de las cosas y que no es necesariamente malo, ojo cuando la idea que tienes sobre un grupo social te impida ver las diferencias individuales y el potencial de las personas que pertenecen a él.

¿Por qué si no la mayoría de las mujeres no quieren ser ingenieras? Ellas también pueden ser ingenieras, pero la sociedad tiende a disuadirlas.

Sé un Pigmalión; trabaja tus expectativas

Cuentan en un conocido mito griego que un rey llamado Pigmalión esculpió la estatua de una mujer que resultó tan perfecta, que se enamoró perdidamente de ella. Y fueron tantas veces las que la imaginó y la trató como una mujer de carne y hueso, que una diosa, conmovida por ese fuerte deseo, decidió darle vida a aquella estatua de piedra.

Nosotros -los mundanos de a pie-, no tenemos el poder mágico de conseguir que las piedras cobren vida, pero podemos ser (y somos) pigmaliones.

Como padres y madres, para nuestros hijos. Como entrenadores, para el equipo. Como orientadores laborales, para las personas que buscan empleo. Como hijos, amigos, jefes, empleados… Y en nuestro caso, dentro del aula, como profesores para nuestros alumnos.

Seamos realistas.

No siempre las expectativas que tenemos los profesores se cumplen. Aunque queramos, no todos pueden llegar a genios.

Tampoco las nuestras son las únicas influencias que reciben y pueden hacer oídos sordos a lo que digamos o hagamos. Un mismo alumno puede recibir distintas expectativas a la vez y, en ocasiones, éstas pueden ser incluso contradictorias entre sí.

Además, no a todas las personas les influye por igual las expectativas ajenas. Hay ciertas características de la persona (en carácter y edad) que sirven de gasolina o de cortafuegos ante una misma situación. A saber: al introvertido le importa más que al extrovertido lo que opinan y se espera de él. Los niños y jóvenes son mucho más vulnerables que los adultos. Y las personas con poca seguridad en sí mismas y con baja autoestima son dianas fáciles.

Tampoco es suficiente con creer en el potencial del alumno. Para tener confianza en que una persona puede mejorar, el profesor tiene también que creer en su propia eficacia como profesional.

La realidad es que son muchos los factores que intervienen en el efecto Pigmalión.

Pero, incluso aun teniendo en cuenta todas estas matizaciones, hoy por hoy está fuera de toda duda que las expectativas de los profesores tienen una gran influencia en sus alumnos.

¿Eres tú como uno de esos grandes profesores que confían y ayudan a superarse a sus alumnos? ¿Aplicas el efecto Pigmalión en las aulas y obtienes resultados? Te espero en los comentarios de esta entrada, ¡no dudes en pedirme consejo!

Kenia Montes es maestra y psicopedagoga. Apuesta por la formación de calidad, la inclusión educativa y la integración de la tecnología en las aulas. Diseña formación y asesora a instituciones y empresas.

Pin It on Pinterest

Shares
Share This